En nuestra última reunión
del club de lectura abordamos La mala costumbre
de Alana Portero: una novela que recorre la adolescencia de una niña que no
encaja en el cuerpo que habita y que intenta comprenderse y hacerse un hueco en
una sociedad un tanto hostil. El relato transita desde la infancia en una familia de clase
obrera de San Blas —un barrio marcado por la heroína en los años ochenta— hasta
las salidas clandestinas en el barrio de Chueca en el Madrid en los noventa.
Uno de los puntos fuertes
de la novela es la buena ambientación que hace de Madrid durante los años 80 y 90
además del elenco de personajes que rodea a la protagonista.
La mala costumbre
brilla especialmente cuando pone el foco en los personajes secundarios. El
grupo de Las Moiras —Eugenia, Raquel “La Cartier”, Paula “La chinchilla”—
funciona como una familia elegida, un espacio de protección y reconocimiento
mutuo. Sus diálogos, profundos y cargados de experiencia, aportan una dimensión
colectiva que equilibra el peso de la narración en primera persona.
La novela pone en el
centro la experiencia trans en una generación marcada por el secretismo y la
estigmatización. El grupo expresó preocupación por los elementos irreversibles
de algunos tratamientos y nos preguntamos si el relato deja suficiente espacio
para problematizar las consecuencias de determinados tratamientos hormonales
que hoy se plantean a edades cada vez más tempranas. Tratamientos hormonales o
bloqueadores que no siempre tienen vuelta atrás
Nos retrata con enorme
sensibilidad el sufrimiento de una niña que no encuentra palabras ni referentes
para entender lo que le ocurre. Esa falta de lenguaje benevolente —como señala
la propia autora— es devastadora y está muy bien reflejada.
“ Las mujeres trans eran
o bien objetos sexualizadísimos o directamente chistes. Y claro, a los niños no
se les escapa nada. Todo el imaginario trans de mi generación parte de lo
furtivo. De ocultarse, de la crueldad absoluta, de escuchar lo que no deberías
estar escuchando. Te rompes por dentro porque no sabes lo que te pasa.
Nadie te lo explica y nadie utiliza un lenguaje que puedas entender y sea
benevolente, que es la palabra que más se echa en falta en esta experiencia “
Aunque la novela parte de
vivencias cercanas a la autora, Portero reivindica el derecho a la ficción y a
no leer la novela como una obra autobiográfica.
«Hay mimbres de mi vida,
pero no es mi historia. Reivindico mi derecho a la ficción. Como mujer, como
mujer trans, como persona LGTB. Esa necesidad de que toda nuestra literatura
sea catalogada como confesional, como si todo fuera un gran drama personal, me
parece injusta».
El título de la novela
puede tener una doble interpretación —por un lado, la “mala costumbre” individual
de no atreverse a vivir la propia vida; por otro, la mala costumbre social: la
normatividad que interpreta y oculta lo evidente. La protagonista deja pistas
sobre quién es y cómo quiere ser vista, pero ese gesto choca con una sociedad
que insiste en leer las apariencias según sus reglas.
La portada está diseñada
por la poeta trans Roberta Marrero que ha elegido la imagen de la
estampita de Santo Domingo Savio, alumno de San Juan Bosco, el niño que
quería ser santo y que murió muy joven sin haber cumplido los quince años.
Esta narración no es solo
la historia de una persona trans, sino también el retrato de una época y de una
sociedad que durante años careció de lenguaje, referentes y empatía para
entender determinadas realidades. Por eso la autora nos dice que esta novela
está dedicada a “ una generación de mujeres que es, con diferencia, la más
maltratada de la historia reciente de este país”, porque “conocer la
historia de estas mujeres es probablemente lo más enriquecedor que le puede
pasar a una vida, seas quien seas, vengas de donde vengas. La historia de este
país no está completa sin ellas, la historia del feminismo no está completa sin
ellas”


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