lunes, 5 de octubre de 2026

Mortal y rosa: cuando el dolor se convierte en literatura


 

El 23 de septiembre, los componentes del club de lectura nos reunimos en tono a uno de los libros que ha suscitado más controversias; Mortal y rosa,  de Francisco Umbral. Hablamos de su autor, de su estilo, de una célebre anécdota televisiva que muchos recordábamos sin saber bien de dónde venía, y —sobre todo— hablamos mucho de nosotros mismos como lectores frente a un libro que no se deja leer fácilmente. Os dejo un resumen de lo que compartimos, no como un resumen académico, sino como el reflejo de una tarde de debate y lectura en voz alta de una de las obras más complejas que hemos leído en este año 2026.

Antes de hablar del libro, hablamos del autor. Y es que Francisco Umbral ni siquiera se llamaba así: nació como Francisco Pérez Martínez, y "Umbral" fue un seudónimo literario que terminó siendo más real que su propio apellido.

Creció en Valladolid, no fue a la escuela hasta los diez años y trabajó de botones en un banco a los catorce. Fue completamente autodidacta, y entró al periodismo casi por la puerta de atrás, en 1958, en El Norte de Castilla, de la mano de Miguel Delibes, quien lo apadrinó.

Con los años se convirtió en uno de los grandes cronistas de la Transición española, columnista en el diario  El País y después en El Mundo. De hecho, en nuestra reunión coincidimos en que, para mucha gente de generaciones anteriores a la nuestra, Umbral es antes periodista que novelista: alguien que convirtió la columna de opinión casi en un género literario propio, más que un simple escritor de libros.

Y, con esa fama, llegó también el personaje: la melena plateada, las gafas de pasta gruesas, la bufanda inseparable, la pose de dandy provocador que mezclaba verdad y ficción sobre sí mismo sin pudor ninguno.

Esa construcción de personaje explica también, en parte, el momento más recordado de toda su carrera: su enfrentamiento en directo con la periodista Mercedes Milá, en el programa Queremos saber de Antena 3. Harto de que la entrevista se desviara hacia otros temas sin hablar apenas del libro que iba a presentar, Umbral soltó la frase que hoy sigue circulando como un clásico de la televisión española: que él había ido allí a hablar de su libro, no de lo que opinara "el personal".

Lo curioso, y esto nos sorprendió a varios en la reunión, es que casi nadie recuerda qué libro era aquel. Según contaba su propia mujer, María España Suárez, la mayoría de la gente ignora el dato. Se trataba de La década roja (1993), unas memorias sobre la etapa de Felipe González en el poder — un libro hoy bastante olvidado, eclipsado por completo por la fama de la frase que generó. Nos pareció un buen símbolo de cómo la memoria colectiva y el prestigio literario real de un autor pueden tomar caminos completamente distintos: el Umbral que todo el mundo recuerda por televisión no es el mismo que escribió Mortal y rosa.

Y es que Mortal y rosa es otra cosa completamente distinta al personaje televisivo. Lo primero que comentamos sobre el libro en sí es que desafía cualquier intento de clasificación: no es novela, ni ensayo, quizás, diario  o los tres géneros   a la vez. Es una obra confesional e íntima, como un diario sin fechas hecho público, que oscila entre la reflexión, la narración de hechos puntuales y un retrato casi surrealista de la realidad cotidiana.

Lo que nadie discutió es la redacción poética del lenguaje. Umbral no narra hechos: construye imágenes. Se ha descrito su estilo aquí como un canto fúnebre en prosa, electrizado de poesía, cuya singularidad desafía los límites de los géneros. Cada página está cargada de metáforas, algunas tan extensas que se desarrollan durante varias páginas seguidas —como la que compara su antiguo pelo rubio con el oro y con una antorcha que, con los años, se va apagando, símbolo de la juventud y del propio impulso creativo que también envejece.

Y aquí llegamos a algo importante que discutimos largo y tendido: esas metáforas no son adorno gratuito. El fuerte lirismo del libro sirve a un objetivo muy concreto, que es componer una elegía funeral en memoria de su hijo Francisco, "Pincho", fallecido de leucemia a los seis años. La ornamentación verbal no esconde el dolor ni lo embellece de forma vacía: es la herramienta que Umbral utiliza para hacer decible algo que, de otro modo, sería indecible.

Incluso a nivel de sintaxis —y esto lo comentamos casi como curiosidad técnica— el libro está muy trabajado: frases largas, entrecortadas, repetitivas, construidas deliberadamente para producir un efecto emocional concreto en quien lee. Nada en Mortal y rosa parece estar puesto al azar.

Publicado en 1975, el libro tuvo una acogida inicial bastante tibia. Con el paso de los años, sin embargo, la crítica lo fue revalorizando hasta convertirlo en una de las cumbres de la literatura española de posguerra, y en una pieza clave dentro de la trayectoria de Umbral: aquí abandona en buena medida la voz combativa y mordaz de sus columnas para entregarse a una introspección lírica muy poco habitual en él. Ese reconocimiento, aunque tardío, terminó siendo total: Umbral recibiría con los años el Premio Nadal, el Príncipe de Asturias de las Letras y, finalmente, el Premio Cervantes en el año 2000, el máximo galardón en lengua castellana.

Os comento son sinceridad lo que el libro nos generó a nosotros como grupo.

Reconozco que a la gran mayoría de quienes asistimos a la reunión, el libro no nos ha resultado agradable de leer. Y un porcentaje notable del grupo ni siquiera consiguió terminarlo. Sin embargo, y esto es importante, ese mismo grupo que no disfrutó la lectura reconoció sin dudarlo la enorme calidad literaria de la obra. No es una contradicción: es, probablemente, la prueba de que estamos ante un libro exigente, que no busca entretener sino incomodar, y que logra su propósito literario precisamente a costa de la comodidad del lector.

De toda esta reflexión conjunta sacamos una conclusión que queremos compartir con quien se anime a leerlo después de nosotros: Mortal y rosa no es un libro para leer del tirón. Es un libro para compaginar con otras lecturas, para leer por capítulos espaciados en el tiempo, dejando que cada fragmento repose antes de pasar al siguiente. Su densidad emocional y poética pide pausa, no velocidad. Leído así, con calma y distancia, es mucho más probable disfrutar —o al menos apreciar en su justa medida— lo que Umbral consiguió escribir desde el dolor más hondo.



"Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad."
— Francisco Umbral, Mortal y rosa

¿Lo habéis leído? Nos encantaría conocer vuestra experiencia con este libro tan particular en los comentarios.


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