Los días 1 y 2 de mayo el Club de lectura de Baena celebramos nuestra X Ruta Literaria, una experiencia que nos llevó a recorrer tres enclaves de la provincia de Huelva profundamente ligados a la literatura, la historia y el paisaje: Moguer, Riotinto y Niebla. Partimos de dos obras que han guiado esta aventura, Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, y El corazón de la tierra, de Juan Cobos Wilkins, y a lo largo del camino fuimos descubriendo cómo la literatura puede convertirse en una forma de viajar al territorio que conforma el escenario de un libro.
Fueron dos jornadas intensas, llenas de aprendizaje, emociones compartidas y vivencias que, sin duda, quedarán en el recuerdo de quienes participamos. Para quienes no pudieron acompañarnos, este artículo quiere ser una ventana a lo que vimos, escuchamos y sentimos durante la ruta.
El día 1 de mayo, después de más de cuatro horas de camino llegamos al Muelle de las Carabelas, en La Rábida. La primera sorpresa nos la llevamos nada más bajar del autobús: nos recibía la figura de Washington Irving, cuya presencia en este lugar recuerda su fascinación por los lugares colombinos y su vínculo con la historia de Huelva.
A través de una inscripción informativa
pudimos conocer cómo de aquel viaje nacieron dos libros, uno de ellos la
primera biografía de Colón y otro sobre su estancia en Palos de la Frontera. El
paso de Irving por estos lugares fue decisivo para consolidar la importancia de
Huelva como escenario fundamental en el encuentro entre Europa y América.
Una vez dentro del recinto, en el centro de interpretación, una proyección audiovisual nos explicaba cómo se gestó un viaje que cambiaría la historia del mundo: el descubrimiento de América.
El interior del barco, con el camarote de Cristóbal Colón, puso el broche final a una visita que nos transportó directamente al corazón de uno de los momentos más decisivos de la historia universal.
Tras la visita al Muelle, nos dirigimos a Moguer,
donde el restaurante Zenobia nos acogió para reponer fuerzas. Fue un momento
especial también para compartir la emoción del viaje en un ambiente distendido,
incluso con la pequeña pausa de una foto en el salón donde se encontraba la
imagen de Juan Ramón Jiménez, casi como una presencia simbólica que nos
recordaba que estábamos en tierra del escritor que ha dado sentido a esta ruta.
Más tarde, en la plaza del Ayuntamiento, nos esperaba nuestra guía Verónica Garrido, una moguereña, que nos acompañó con cercanía y entusiasmo en un recorrido por la vida de Juan Ramón en su pueblo y por la huella que su obra ha dejado en él. Su explicación nos ayudó a entender mejor la relación íntima entre el autor y Moguer, una relación que se percibe en cada rincón. Innumerables azulejos coronan las calles con citas del libro Platero y yo así como sus esculturas. En una de ellas nuestra compañera del club de lectura Paquita Moyano nos leía uno de los pasajes de la mencionada obra literaria
Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: «¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal...
Nuestra impresión fue clara: Moguer funciona como un auténtico museo al aire libre. La localidad ofrece una exposición permanente de esculturas inspiradas en Platero y yo, que convierte el paseo por sus calles toda una experiencia literaria.
La iglesia de Santa María de la Granada, el exterior del castillo y el convento de Santa Clara completaron un recorrido lleno de belleza, historia y poesía. En Moguer sentimos de forma muy viva cómo un libro puede transformar la identidad de un pueblo y convertirlo en lugar que merece la pena visitar..
El 2 de mayo partimos hacia Riotinto, uno de los
lugares más impresionantes de toda la ruta. Allí la literatura y la historia se
dieron la mano a través del libro El corazón
de la tierra, de Juan Cobos Wilkins, una obra que nos ayudó a mirar con
otros ojos el paisaje minero y a comprender la dureza de la vida en torno a las
minas.
A las diez de la mañana nos encontrábamos visitando el Museo Ernest Lluch, centro de interpretación del Parque Minero y antiguo hospital de la Riotinto Company Limited. Hoy en día está gestionado por la Fundación Río Tinto para el Estudio de la Minería y de la Metalurgia, una institución cultural privada, sin ánimo de lucro y de carácter permanente. El museo lleva el nombre de Ernest Lluch, primer presidente de la fundación entre 1988 y 1991; tras su asesinato, por la banda terrorista ETA en 2001, se decidió rendirle homenaje poniendo su nombre al museo y a la plaza donde se ubica.
La visita comenzó con una aproximación a la larga historia minera de Riotinto. Supimos que estas minas han sido explotadas desde el Calcolítico, hace unos 5.000 años, y que a lo largo del tiempo pasaron por manos tartésicas, fenicias, romanas.
Uno de los momentos más intensos fue la
explicación del “Año de los Tiros” de 1888, un episodio que marcó profundamente
la memoria de Riotinto. Las conocidas calcinaciones al aire libre, las llamadas
teleras, provocaban graves consecuencias ambientales y sanitarias, la denominada manta. La protesta
social y la represión posterior derivaron en una tragedia que la ruta literaria
nos ayudó a comprender con mayor sensibilidad gracias a las páginas de El
corazón de la tierra. El material del museo recoge cómo, tras la matanza,
se prohibieron las calcinaciones al aire libre, aunque el número real de
víctimas quedó oculto durante años, generando un clima de miedo y silencio en
toda la zona.
La visita al museo también nos ayudó a comprender mejor la importancia del ferrocarril en la historia de Riotinto. En la época en que llegaron los ingleses, la comarca carecía de buenas comunicaciones; no había carreteras ni ferrocarril, solo caminos vecinales. Esa situación cambió con la inauguración del trazado ferroviario entre Riotinto y Huelva, en 1875.
Tras la visita al museo, nuestro autobús nos trasladaba a la estación minera para realizar un trayecto de 90 minutos viajando en antiguos vagones restaurados, recorriendo 22 kilómetros, de ida y vuelta, siguiendo la trayectoria del río.
Fue una
experiencia muy especial, no solo por el valor patrimonial del tren, sino
también por la posibilidad de observar el entorno minero desde dentro, con
paradas estratégicas para conocer el ecosistema de la zona.
Pudimos ver y hasta tocar las aguas del río Tinto, un río que parece de otro planeta.
A lo largo de la historia ha
recibido distintos nombres, como Luxia, Iberus y Urium, y su color
característico se debe a la descomposición natural de minerales con sulfuros de
metales pesados. En este entorno los microorganismos son
capaces de oxidar y metabolizar esos componentes, lo que convierte al río en un
lugar de gran interés científico. La propia NASA ha estudiado en varias
ocasiones esta cuenca minera por su similitud con otros planetas, especialmente
Marte, ante la posibilidad de encontrar rastros de vida en ambientes parecidos.
Para terminar nuestra intensa jornada en Riotinto visitamos el Cerro Colorado, un mirador que no dejó indiferente a nadie.
La panorámica del paisaje minero, tan imponente como sobrecogedora, nos hizo comprender hasta qué punto este territorio ha sido modelado por la actividad humana y por siglos de explotación del subsuelo. En la actualidad, el Cerro Colorado se encuentra en proceso de reactivación minera y, según la información recogida en la visita, la actividad volvió a retomarse en 2015 tras la recuperación del precio del cobre por Atalaya Mining, empresa con capital de Australia, Canadá y Chipre. En la actualidad hay 2000 trabajadores activos.
Nos despedimos de Riotinto recordando también su importancia en la historia del fútbol en nuestro país. Fue en esta zona donde, en 1878, la Rio Tinto Company Limited creó el “Club Inglés”, del que nació el Rio Tinto Foot-Ball Club. Años después, en Huelva, surgiría el Huelva Recreation Club, fundado en 1889 por el doctor británico W. Alexander Mackay, el actual Recreativo de Huelva.
La jornada continuó por la tarde con la visita al pueblo onubense de Niebla, una localidad que nos recibió con la fuerza de su imponente muralla medieval.
Dos kilómetros de muralla de origen Almohade, es la fortaleza de tapial más grande de España defendida por más de 50 torres.
También el interior del templo es una auténtica joya arquitectónica donde se aprecia la fusión de culturas.
Este trono es el testimonio que demuestra que estábamos pisando lo que fue la primera catedral de la capital de Huelva.
Y con el castillo de los Guzmanes decimos adiós a esta maravillosa ruta que nos ha llevado a una tierra llena de matices desde el azul del Atlántico, hasta la tierra roja que guarda la memoria del esfuerzo o a un pueblo blanco que se hizo poesía con la obra de su autor.
Para quienes no pudisteis acompañarnos, esperamos que estas líneas sirvan como una pequeña crónica de lo vivido y como invitación a sumarse a la próxima ruta.

























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